Por Luis Secco

Economista. Director de [email protected] Económicas

Para salir de la actual coyuntura crítica no alcanza con correcciones marginales o retoques cosméticos. La situación demanda cirugía mayor. El Presidente y su ministro de Economía se aferran al mantra de “no vamos a devaluar”, pero no hacen nada contundente que apunte a corregir la raíz de los problemas. Por lo tanto, más allá de la relativa calma del dólar en los últimos días, no consiguen revertir el pesimismo y generar un shock de confianza tal que elimine el riesgo de entrar en una fase de aceleración de la corrida.

Para evitarlo, hace falta mucho más que algunos retoques regulatorios o señales políticas tendientes a generar un clima de mayor gobernabilidad. Porque ésta, vacía de medidas concretas, no es capaz de resolver por sí sola, ni las inconsistencias ni los desequilibrios macroeconómicos. Sólo genera condiciones para que se tomen las medidas necesarias pero no es un sustituto de ellas.

El problema es que el “paquete de medidas” (término en desuso desde hace muchos años) que se necesita no es agradable para el paladar de la coalición gobernante. Un compromiso explícito (medidas concretas y no sólo promesas) con la disciplina fiscal de mediano y largo plazo; la eliminación del estado de emergencia, con el fin reducir la discrecionalidad regulatoria y la volatilidad normativa; y el anuncio de una hoja de ruta de desregulación y reformas que tenga como eje central la recuperación de la rentabilidad del sector privado, lucen mucho pedir para el ADN de la administración Fernández. Porque, para que su anuncio resulte creíble, requerirá el apoyo de todos los que forman la coalición de Gobierno, empezando por su Vicepresidente. Lamentablemente, otras alternativas disponibles, y que podrían ser de su agrado, no tienen demasiadas chances de éxito.

Las opciones de esperar a que “entren los dólares del campo” o, eventualmente, desdoblar el mercado cambiario y/o devaluar, sin un paquete detrás, no servirían para mucho más que estirar la situación actual y apostar por alguna de ellas no sería más que un ticket casi seguro a un nuevo fracaso. En particular, una nueva “devaluación sin plan” tendría el mismo resultado que todas las anteriores (y ha habido muchas en la historia económica de Argentina); las más exitosas han permitido con suerte comprar algo de tiempo, pero no más que eso, y casi todas han tenido consecuencias políticas desagradables.

En cuanto a un eventual desdoblamiento, es probable que el Gobierno crea que pueda servir de atajo para, precisamente, no convalidar una devaluación del peso que se traduzca en un incremento de los precios locales: según las autoridades es el valor del dólar con el que se transan exportaciones e importaciones, y no el valor del dólar en los mercados alternativos, el que interviene en los mecanismos de fijación de precios de la economía real. Pero, ¿qué sucedería con el dólar libre del segmento financiero? ¿Tolerarán las autoridades que su valor siga su marcha ascendente sin ningún tipo de intervención oficial? Y acá reaparece el mismo problema que de alguna manera se quiere sortear: la falta de municiones (de dólares) en las reservas del BCRA. ¿Serían suficientes esos dólares para calmar la cotización del financiero?

Ni una devaluación ni un desdoblamiento que se implementen de forma aislada serían capaces de resolver de manera duradera lo que la Vicepresidente denominó “el problema de la economía bimonetaria”. Cristina Fernández, en su carta del 26 de octubre admite que dicho problema reconoce raíces estructurales y que ha superado a todos los Gobiernos de los últimos sesenta años. A partir de ese diagnóstico, propone encarar su solución a través de un acuerdo nacional con la participación de sectores políticos, empresariales, sindicales y mediáticos.

Qué incluirá dicho acuerdo, que por cierto a esta altura luce como algo que no superó la instancia declarativa, no lo sabemos pero, aunque CFK sostenga que la Argentina es el lugar donde se caen todas las teorías, sí sabemos que la elección del régimen cambiariono se puede hacer en forma aislada. Es primordial definir otras cuestiones fundamentales como el grado de apertura comercial y financiera y el perfil de solvencia fiscal y monetaria al que está dispuesto a ceñirse el poder político y el resto de los actores económicos relevantes. La bimonetariedad de la economía de nuestro país es el resultado de muchas décadas de estafas devaluatorias e inflacionarias. No es algo que se pueda anular por decreto o que se revierta de un día para otro mediante un acuerdo de gobernabilidad. El verdadero problema es que no hay régimen cambiario que sobreviva a las incontinencias de una clase políticaque no entiende de compromisos duraderos de largo plazo. Hemos tenido corridas cambiarias con todos los regímenes cambiarios imaginables. La falta de creatividad no ha sido un problema, la falta de consistencia sí.

En tal sentido, el ministro Guzmán manifestó que buscará reducir el financiamiento del déficit fiscal que realiza el BCRA a través de adelantos transitorios al Tesoro. En una señal tendiente a descomprimir las expectativas de una mayor emisión y mayor excedente de pesos en el futuro inmediato y en 2021. Pero ese mecanismo es sólo una de las formas que adopta el financiamiento, y en lo que va de este año ha sido incluso menos utilizado que las transferencias de utilidades (contables) que es la otra vía por la cual el Banco Central financia al Tesoro. Es probable que el ministro pueda cumplir con su palabra, pero eso no significa que se cerrará el grifo que conecta el balance del BCRA con el déficit fiscal que, recordemos, tiene los meses más desafiantes por delante. Asimismo, las colocaciones de deuda del Tesoro en el mercado local, si bien son mucho más sanas que el financiamiento monetario del Central, no reducen de manera permanente el excedente de pesos, por cuanto el Tesoro tiene déficit y tiene que usar esos recursos para atender pagos corrientes y de deuda. Por último, recordemos que el Presupuesto para 2021 prevé que el 60% déficit fiscal se financie a través del BCRA, y las utilidades contables del año próximo no tendrán la entidad que tuvieron este año por lo que los adelantos transitorios volverán a ser la principal fuente de financiamiento monetario del déficit.

En este contexto, creer que la crisis de confianza y el problema cambiario se solucionan con medidas cambiarias y algunas promesas fiscales es un gran error. La crisis de confianza es la manifestación de corto plazo de una crisis de larga duración cuyos emergentes son la falta de crecimiento, la inflación y la pobreza. Si esa crisis no se resuelve, tal vez se pueda comprar algo de tiempo (con alguna alquimia creativa, o acordando con el FMI, o recibiendo algo de dinero fresco) pero no más que eso. No es que una larga sucesión de gobiernos no pudo resolver el problema de la bimonetariedad (como sostiene Cristina Fernández). Lo que no consiguieron fue generar las condiciones necesarias para que la falta de crecimiento económico y la inestabilidad nominal e institucional pasaran de ser la norma a sólo una excepción.

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